El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, evalúa la posibilidad de ejecutar ataques militares selectivos contra Irán, incluyendo objetivos dentro de su infraestructura castrense, con la intención declarada de catalizar un mayor descontento y protestas antigubernamentales en el país. La administración busca presionar a los líderes militares iraníes que han ordenado la represión violenta de los manifestantes desde principios de año, según reportes de Reuters.
Esta consideración se produce en un contexto de escalada de tensiones y tras el reciente despliegue de un portaaviones y buques de la Armada estadounidense en Oriente Medio, ampliando la capacidad operativa de Washington para una respuesta militar. Trump ha emitido repetidas amenazas de intervención en respuesta a la brutalidad gubernamental contra los ciudadanos.
Fuentes cercanas a las deliberaciones indicaron que el espectro de acciones discutidas incluye ataques dirigidos a instalaciones clave de enriquecimiento de uranio o sitios de producción de misiles balísticos, lo que representaría una escalada significativa en la presión económica y militar.
No obstante, asesores de Trump expresaron preocupación de que una intervención militar directa podría ser contraproducente para los disidentes internos. Estos expertos temen que los ataques externos no movilicen a la población, sino que consoliden el apoyo al régimen y asfixien un movimiento opositor ya severamente afectado por la represión más dura desde la Revolución Islámica de 1979.
La Casa Blanca aún no ha tomado una decisión final sobre la aplicación de fuerza, manteniendo abiertas las vías diplomáticas y de sanción. La administración está sopesando el riesgo geopolítico de un conflicto abierto frente al objetivo de provocar un cambio de régimen.
El análisis predominante sugiere que la actual debilidad del movimiento opositor, diezmado por las detenciones y la violencia estatal, podría ser exacerbada por una acción militar externa. Esto pondría en duda la efectividad de los ataques como herramienta para fomentar una insurrección exitosa.
En resumen, Washington sopesa una acción militar de alto riesgo con el fin explícito de influir en la política interna iraní, aunque los posibles efectos secundarios en la estabilidad del movimiento de protesta son objeto de intenso debate interno.