Tras el estallido de protestas a principios de enero, el régimen iraní implementó un apagón de internet que se convirtió en el más largo registrado en la historia del país, un intento de sofocar la disidencia. A pesar de esta medida restrictiva, la información y la organización continuaron, aunque a un ritmo significativamente menor, según reportó The Verge citando a expertos.
Mahsa Alimardani, directora asociada del programa de Amenazas y Oportunidades Tecnológicas en WITNESS, señaló que, aunque la conectividad ha mostrado ligeras recuperaciones intermitentes (entre 30 y 40% según datos de Cloudflare), esta parcialidad no debe interpretarse como un retorno a la normalidad. La experta advierte que estos fallos momentáneos en el bloqueo pueden generar una falsa sensación de seguridad o normalización de la situación digital.
Alimardani destacó que la duración del bloqueo, iniciado el 8 de enero, rompió récords históricos, coincidiendo con un aumento en la represión violenta contra los manifestantes. La investigadora vincula directamente estos cierres de conectividad con la intención del Estado de impedir la movilización y, crucialmente, de obstaculizar la documentación de los crímenes cometidos durante la represión.
El acceso a la información es vital para la rendición de cuentas, especialmente cuando, como ocurrió en 2019, un apagón de una semana precedió a la muerte de unas 1.500 personas. Sin medios libres ni acceso para observadores internacionales, la documentación ciudadana se convierte en la principal fuente para evaluar la escala de los abusos del régimen.
Históricamente, los iraníes han demostrado una gran habilidad tecnológica para evadir las restricciones, en un juego constante de gato y ratón con las autoridades. Aplicaciones como Telegram dominaron el espacio comunicacional hasta su bloqueo en 2018, forzando una migración hacia Instagram y WhatsApp, que también fueron bloqueadas durante las recientes movilizaciones.
La principal defensa tecnológica de los ciudadanos reside en las Redes Privadas Virtuales (VPN), cuyo bloqueo sistemático consume grandes esfuerzos por parte del Estado. Los usuarios iraníes suelen mantener múltiples servicios de VPN activos, rotando entre ellos cuando un protocolo específico es desactivado por los censores estatales.
La tecnología también facilita la represión, no solo mediante el bloqueo, sino a través de la coerción física y la inundación del espacio informativo con desinformación. Alimardani explicó que el régimen busca sembrar dudas y mezclar la disidencia auténtica con operaciones de influencia extranjera, complicando la verificación de hechos.
El contexto histórico, incluyendo la intervención de la CIA y el MI6 en 1953 y la posterior Revolución Islámica, subraya la profunda desconfianza hacia las narrativas oficiales. La dependencia de la documentación ciudadana para establecer la verdad en Irán es un factor tecnológico determinante en la dinámica actual de control y resistencia.